Primavera silenciosa

Existe un poema magnífico del poeta isabelino John Donne (Londres, 1572-1631), no recuerdo ahora el título exacto, en el que Adán le dice a Eva: “Y para que este lugar, querida mía, sea un auténtico paraíso, también te he traído a la serpiente”. Se puede comprobar, gracias a estos versos, que es posible ser un gran trovador metafísico a la vez que se hacen prácticas en el civilizado arte (sin hacer sangre) de la ironía y el cinismo. Esta evocación lírica surgió visitando por segunda vez la muestra de Gabriela Bettini (Madrid, 1977) - “Primavera silenciosa”, lleva por título- en la “Galería silvestre”, después de que ya hubiera leído el muy buen texto de presentación perteneciente a David Barro. No es que durante la primera visita el trabajo de la artista no consiguiera interesarme (bien al contrario, incluso emocionarme en su sentido más primitivo o espontáneo), pero sucede que en estas pinturas –que ya, de entrada, calificaría de inteligentes planteamientos visuales y conceptuales en torno a una idea “artística” surgida de la unión entre naturaleza y artificio- hay un complejo desplazamiento de sentido que altera significativamente tanto el “ver” como el “percibir”, tanto el “comprender” como el “reconocer”. De ahí que estas telas se las pueda comparar con la parte oculta de un iceberg: lo que vemos es muy bello, pero lo oculto o desconocido que forma parte de esa belleza posee rasgos de una belleza otra -más rara y turbia y cuestionadora y agresiva- que es la que domina toda la razón de su existencia, o de su exhibición y salida al mundo. Posee la misma inquietante presencia que la encantadora serpiente (sin duda también hermosa a su manera) que Adán desea instalar en el Paraíso.


En los preparativos para escribir este texto he leído algunas declaraciones de la artista que resultan muy interesantes aquí reflejarlas como introducción a esta “Primavera silenciosa” para una mejor comprensión de la misma. Dice así: “Mis intereses actuales se enmarcan en investigar las primeras colonizaciones culturales en relación con sus herencias en el presente. A partir de una revisión específica de la Historia de la pintura y la representación del paisaje, analizo la combinación de la actual crisis medioambiental con un modelo extractivista (el extractivismo es el proceso de extracción de recursos naturales de la Tierra para vender en el mercado mundial) que sitúa a las mujeres como paradigma de la violencia múltiple del cambio climático. Recojo la tesis de ecofeministas como Carolyn Mechant, quienes consideran que el cambio de paradigma provocado por la revolución científica, y, en particular, el surgimiento de la filosofía mecanicista cartesiana, favoreció la degradación de la naturaleza, las mujeres y la tierra a la categoría de ‘recursos permanentes’ lo que eliminó cualquier restricción ética a su explotación”. Hasta aquí, digamos, las razones éticas y morales (es decir: extra artísticas) que Gabriela Bettini utiliza como “agent provocateur” para la consecución formal de las pinturas, y con ello, naturalmente, la presentación de la primera e ingeniosa “trampa” de las que la artista se sirve: la percepción equivocada de la imagen, la alteración de sentido a la que ya nos hemos referido, la elegante y lujosa representación, en definitiva, de una evocación panteísta y feliz de la naturaleza para, en realidad, demostrar la falacia y falsedad de esa representación con el deseo de mostrar el brutal resultado de toda explotación: de la naturaleza, de la mujer (de todo ser humano), de los recursos naturales. De la vida, para qué nos vamos a engañar.


En las telas de Gabriela Bettini contemplamos una flora (posiblemente no europea) magníficamente pintada en sugerente y atrayente promiscuidad estilística (gesto, forma y color) con grandes cuadrados y rectángulos mostrados en colores de ácida fabricación industrial, como si la artista deseara exhibir esa explotación de los recursos naturales por medio de una contaminación “colorista” de la naturaleza como artificio, como contracara de sí misma, como una buena actriz muy mal maquillada en el día del estreno. Pero también vemos en estas pinturas unos insectos voluptuosamente creados en el plano pictórico y que en el primer golpe de visión no logramos averiguar cuál es la función de su presencia más allá de su significación “naturalista”, y para ello lo mismo hubieran servidos unos elefantes o unas cebras. Ocurre que la artista está muy interesada en una serie de grabados realizados por la naturalista, exploradora y pintora alemana del siglo XVIII María Sibylla Merian, y conocidos como “La metamorfosis de los insectos de Surinam”. Dichos grabados, y ahora me remito a la explicación dada por David Barro en el texto de presentación, “revolucionaron y alteraron el modo occidental de mirar hacia la naturaleza sudamericana, demostrando la estrecha relación de dependencia entre las especies y los ecosistemas en las que estas habitan”. Esta última información es muy clarificadora de los intereses, ya referidos, de la artista en cuanto a la explotación de la mujer y los recursos naturales. Es realmente fantástico que toda esta complejidad socioeconómica sea mostrada con la brillante y sutil utilización, nadie lo diría, de unas telas muy bellas excelentemente pintadas. Ah, y qué gran sorpresa: la pintura también sirve para internarse en los peligrosos desfiladeros de un arte “políticamente comprometido”. Para ello basta con tener el suficiente talento creativo para no caer en la panfletada y la obviedad discursivas. Por supuesto, para llegar a un estadio tal de sofisticación artística y creativa es imprescindible ser conscientes, y esta es una preocupación esencial en el trabajo de Gabriela Bettini, que hay que preservar la biodiversidad amenazada por el monocultivo. Por cierto, los cuadrados de colores, a lo Malevitch, que vemos en las telas son el refinado sistema que su autora ha utilizado para denunciar ese monocultivo y su explotación depredadora. Una muestra soberbia, que desde luego para ser “primavera silenciosa” habla, expresa y demuestra, mucho y bien. La serpiente de John Donne estaría encantada y plenamente de acuerdo.


Luis Francisco Pérez

Luis Francisco Pérez. 2019