Gabriela Bettini y la equivocidad del lenguaje

“El inmigrado, el exiliado, el turista, el errante urbano son figuras dominantes de la cultura contemporánea… el individuo de este principio del SXXI evoca plantas que no remiten a una raíz única para crecer sino que crecen hacia todas las direcciones en la superficie que se presentan…pertenecen a la familia botánica de los radicantes, cuyas raíces crecen según su avance, contrariamente a los radicales cuya evolución viene determinada por su arraigamiento al suelo. Radicante califica a ese sujeto contemporáneo atormentado entre la necesidad de un vínculo con su entorno y las fuerzas de desarraigo, entre la globalización y la singularidad, entre la identidad y el aprendizaje del Otro. Define al sujeto como un objeto de negociaciones.” (Nicolás Bourriaud 57)


En su muestra Paisajes de excepción (Galería Silvestre, Madrid, septiembre-noviembre 2016) Bettini presenta tres telas de paisajes pintados al óleo en ese lenguaje realista que ya reconocemos como propio. Dos cuadros de pequeño formato muestran: uno una costa paradisiaca (Brasil, 65x55), pero sin embargo claustrofóbica e inmóvil, que se rectifica con otro pequeño paisaje que pareciera pegado sobre el primero mostrando un horizonte más abierto. El otro cuadro repitiendo el mismo gesto, muestra otro bello paisaje inmutable y siniestro (Honduras, 65x55) sobre el que se encuentra montado un río que inevitablemente marca una salida. El tercer cuadro de gran formato (Estudio, 300x200) reproduce dos paredes del taller de la artista sobre las que se encuentran pegadas diferentes pinturas de bellos lugares y de aves exóticas. El texto del catálogo nos explica que la primera hilera horizontal de dibujos corresponde a hermosos paisajes de América tomados de la web en los que empresas con “responsabilidad ecológica y social” realizan algún tipo de actividad; y los de la hilera inferior corresponden también a bellos sitios americanos en que fueron encontradas asesinadas mujeres con activismo ecológico.


En estas obras de Gabriela se vuelven a leer las marcas precisas con las que construye su obra. La dislocación y la alternancia se hacen presentes esta vez a partir de la apertura, en principio, a nuevos sentidos. Sin embargo el paisaje como lugar que alberga las historias perdidas y las utopías añoradas vuelve a aparecer, con esa mezcla de sitio perfecto y por eso mismo siniestro. Dos lugares, dos tiempos, montados en cada obra y en la muestra toda, un vaivén que, como siempre en la autora, se presenta construido desde un quiebre: un eje vacío que hace ir y venir a los distintos elementos. Se trata de América: sitio histórico –tanto privado como colectivo- de utopías, de colonización y explotación, de exotismos y de excepción. Y se trata de América vista desde Europa. Gabriela repite el gesto de aquellos pintores europeos que recorrieron en el SXIX el nuevo continente retratanto su fisonomía. De hecho, esos paisajes idílicos del fondo de sus cuadros Brasil y Honduras, reproducen otros realizados por algunos de estos artistas europeos. Ya sabemos de esta doble mirada de la artista, que a diferencia de aquellos viajeros pintores sólo poseían el punto de vista europeo, la de ella se ubica en el dislocamiento, al montar tiempos diversos haciendo sospechar la permanencia y el sentido unívoco de toda geografía.


“El artista radicante inventa recorridos entre los signos: como seminauta, pone las formas en movimiento, inventa a través de ellas y con ellas trayectos por los que se elabora como sujeto al mismo tiempo que constituye un corpus de obras (…) El arte radicante implica el fin del médium specific, el abandono de las exclusividades disciplinarias. La radicalidad modernista se había fijado como objetivo (…) que el arte se disolvería en la vida cotidiana (…). La adicantidad altermoderna no tiene nada que ver con tales figuras de disolución: su movimiento espontáneo consistiría más bien en transplantar el arte a territorios heterogéneos, en confrontarlo a todos los formatos disponibles. Nada le es más ajeno que un pensamiento disciplinario, del médium specific” (Bourriaud, 59-60).


Gabriela Bettini en sus obras presenta generalmente una alternancia que pivotea en distintos tiempos que se transforman en distintos lugares. Su trayecto recorre un tiempo que perdido se reinventa desde el presente de la obra. Con distintos lenguajes y de diversos modos en Recuerdos inventados (202-3), La casa roja (2012), La casa despojada (2011), Donde empieza el bosque (2013), Un tiempo casi lejano (2011) lo perdido resuena como una ausencia que configura la obra, pero siempre haciendo que la misma no agote los espacios que convoca, los tiempos que recrea, y las memorias que inventa. En ese sentido Gabriela transita varios territorios, pero no amalgamando recuerdos, sino dejando siempre expectante al que falta. La memoria parece una utopía que conviene dejar siempre abierta, renunciando a la “radicalidad” de un recuerdo definitivo. En Hogarcitos (2008) así como en Paisajes de excepción los tiempos diversos surgen a través del quiebre espacial. Los lugares no terminan de ubicarse, también un corte abre el espacio a una multiplicidad de lugares y tiempos, en una virtualidad que permite recorridos imaginarios.


Ella trabaja montando fragmentos a través de un lenguaje que usa su especificidad para hablar de otra cosa y no del lenguaje mismo como en la modernidad. Desvía el sentido, no como un “retorno” al origen a través de la especificidad del lenguaje, sino más bien ubicando la fugacidad del origen al trasladar su especificidad entre varios lugares, y varios comienzos, en un juego entre la memoria y el olvido que se inscribe necesariamente entre la verdad y la ficción. No se trata de la ontología del lenguaje cuya referencialidad sería él mismo, sino de su desplazamiento, su apertura semántica, su dislocamiento en los que su “pureza” (a veces a través del dibujo o la pintura de un modo realista; otras desde la fotografía o el video; o a través de objetos) nos alude a la heterogeneidad de los sentidos y al equívoco de los orígenes. En Paisajes de excepción, los hermosos pero claustrofóbicos paisajes son rectificados con un cuadro “pegado” dentro de él a través del cual se dibuja un horizonte o una posible salida (un río). Nada permanece tal cual es, siempre está el lugar utópico que la memoria construye (lugar muchas veces estático y siniestro en su misma permanencia), y conjuntamente a ese espacio que se “dibuja” en la fantasía privada de la autora, pero también de cualquier migrante, se compone, se monta una alternancia: un horizonte o un discurrir. Esto mismo realiza en Recuerdos inventados montando fotos de diversos tiempos en una misma imagen. De este modo cuestiona la “especificidad” de la fotografía a través de ella misma: burla al “esto ha sido” barthesiano al inventar un referente fotográfico “imposible de ser”. Así pone en “entredicho” el sitio que el lenguaje fotográfico ocupó en el relato de la historia moderna.


Ella muestra entonces el recorrido -la alternancia- y la equivocidad no sólo desde la heterogeneidad del lenguaje, como sucede en general en el arte contemporáneo. Es a través del vacío de referentes que el mismo lenguaje muestra, que se quiebran los sentidos en el interior de la obra. La artista utiliza el lenguaje y su especificidad equivocando irónicamente las correspondencias semánticas, trasladándolo de este modo a una multiplicidad de relaciones. Gabriela trabaja con la pintura y el dibujo desde un tratamiento realista (aunque sus espacios tengan esa cuota de inventados y fantásticos); así como también la fotografía, (desviándo su sentido específico) para cuestionar al recuerdo, al olvido y a la memoria, mostrándolos como lugares mutantes, necesarios, y al mismo tiempo siempre extranjeros. Los elementos de su obra pivotean en un vaivén de tiempos y espacios que hacen por momentos perder la estabilidad de los sentidos.


“(…) porque es en la movilidad real o imaginaria, en el viaje o el paseo urbano, en las migraciones voluntarias o involuntarias y en las prácticas y lenguajes de fronteras lábiles, dónde el arte y la literatura (…) parecen haber encontrado formas errantes– y ya no temas ni meras ideas o relatos- con las que traducir la experiencia (…) el arte (…) encontró formas a la vez poéticas y críticas de desdibujar las fronteras geopolíticas y los límites conocidos de los medios y el lenguaje. Mediante estrategias conceptuales muy diversas figuró espacios aterritoriales (…) compuso -literal o metafóricamente- mapas y relatos espaciales que transforman las fronteras en pasajes, y creó espacios “radicantes” (Bourriaud) que se alimentan de arraigos sucesivos y simultáneos sin hibridar culturas, sino manteniendo en tensión la disparidad de sus tradiciones y sus polaridades (…) vuelve la identidad más oblicua, menos enfática, con una mirada extrañada que inspira la creación de mezclas, espacios discontinuos o sintéticos, lenguas impuras o depuradas, formas lábiles que no derivan de la negación del origen sino de una apertura a la potencia vital y poética de las relaciones (…) revelar supervivencias en la historia del arte, repensar la identidad el territorio, las raíces, la lengua y la patria” (Graciela Speranza 16-17) La obra de Bettini realiza los trayectos necesarios en que una “negociación” (Bourriaud) parece “jugada” (Foucault). Una negociación de la que es ineludiblemente objeto: “entre la necesidad de un vínculo con su entorno y las fuerzas del desarraigo, entre la globalización y la singularidad” (Bourriaud), en que su vida es “jugada”. “Jugada, no expresada; jugada, no concedida, tampoco representada o figurada” (Agamben, 91) Ella se presenta “al borde de sus textos” (Foucault) dónde un itinerario configura a un sujeto y a la obra misma.


Noviembre 2017



Bibliografía


Agamben, Giorgio. “El autor como gesto” en Profanaciones. Argenina, Adriana Hidalgo, 2009.

Bourriaud, Nicolás. Radicante. Argentina. Adriana Hidalgo,2009.

Foucault, Michel. “¿Qué es un autor?”

Speranza, Graciela. Atlas portátil de América Latina. Argentina. Anagrama, 2012.

Debora Mauas. 2017