A rhythm for falling

Alexandra Karakashian
17 Abr - 29 Jul 2019
Madera, 23

 

“To be unhomed is not to be homeless, nor can the ‘unhomely’ be easily accommodated in that familiar division of social life into private and public spheres”

In The Location of Culture, Homi K. Bhabha

 

El trabajo de Alexandra Karakashian, tanto de cerca como de lejos, transmite un conjunto de sensaciones refinadas simultáneamente, poderosas y sutiles. La percepción inicial es de que su materialidad y técnica convergen en obras pictóricas de una gran depuración estética que emergen de una revisión del expresionismo abstracto estadounidense. Sin embargo, los materiales empleados por la artista -el aceite de motor usado y la sal- tienen un significado que va más allá de la simple contradicción entre materiales pobres-materiales nobles tan frecuente en la historia de la pintura. Su valor es simbólico y está profundamente arraigado en los problemas actuales entre Norte y Sur, tales como el colapso ecológico, la comoditización o elementos esenciales para la vida. Ambos materiales, han sido motivo de conflictos a lo largo de la historia.

 

Solnitsata, la primera aldea prehistórica europea, fue edificada en torno a la extracción de sal en la región. La sal, uno de los elementos fundamentales para la existencia de vida, fue moneda de cambio y símbolo de riqueza simultáneamente. Esta ciudad, localizada en la actual Bulgaria a cincuenta kilómetros de la costa del Mar Negro, es considerada el más antiguo ejemplo de ciudad europea.

 

Más que a tener una percepción conceptual, nos vemos empujados/as a interiorizar las obras por las sensaciones de tranquilidad inquietante que despiertan. La posibilidad de enfocarnos tan atentamente en la vastedad de estos paisajes abstractos y en su simplicidad cromática hace con que las sensaciones acaben predominando sobre la justificación conceptual de las obras.

 

La pintura es una herramienta que tiene la capacidad de nutrir una relación intuitiva entre el espectador/a y la obra. Aquí, esa capacidad es especialmente evidente. Las obras de Karakashian son un viaje exploratorio a conceptos de reminiscencia, exilio y éxodo.

 

La artista desembala los síntomas de una sensación de malestar sobre algo que todavía no ha sido experimentado. La vivencia de su familia surge como una nota obligatoria en su biografía que explica hasta qué punto lo personal es político. La noción referida por Homi K. Bhabha de unhomed nos permite entender este concepto como la sensación de desplazamiento compulsivo de raíz histórica.[1]

 

El empeño por examinar las intersecciones entre ecología, trascendencia, comoditización y exilio surge de su historia personal. En 1915, su abuelo, que aún era un bebé, tuvo que huir con su familia del genocidio armenio y migrar. La familia se reubicó en Rumanía en un primer momento y más tarde se dirigieron hacia el Sur, pasando primero por Egipto, para finalmente asentarse en Johannesburgo, Sudáfrica.

 

Históricamente, la pintura tuvo un papel preponderante en la transmisión de narrativas del yo en Occidente. ¿Qué sucede cuando esa narrativa no es occidental? Es en el encuentro entre las diversas epistemologías que podemos pensar en formas renovadas de mirar hacia conceptos habituales y atribuirles nuevos significados que no son necesariamente la negación de los signos anteriores, sino que acaban por crear una narrativa híbrida que coexiste en la zona de contacto entre culturas.

 

Desde 2009, el trabajo de Alexandra Karakashian se ha basado en una técnica casi escénica que consiste en disponer de las pinturas de aceite de automóvil usado y sal verticalmente de forma independiente en un lienzo aislado o emergiendo de cubas de aceite. La belleza sobrecogedora de sus pinturas surge del esparcimiento fortuito del aceite sobre el lienzo. Se crea una atmósfera de anticipación y solemnidad por el uso del negro sobre un fondo blanco. El blanco y el negro se funden desafiando la gravedad a través de un movimiento capilar, y la sal actúa con dificultad ante el rápido avance del aceite. El olor del aceite se percibe en sus instalaciones y ocupa el espacio.

 

 Hay algo fundamental en las pinturas de Karakashian, como un gesto depurado que emerge de una gestualidad de cuerpo entero de la artista. Con un pasado ligado a la danza, esa gestualidad emerge de forma natural y acaba por trascender la idea de figuración que sus pinturas niegan, las medidas de las manchas de pintura son, por lo general, las medidas de su cuerpo. Y tal como los materiales que la artista emplea, su historia personal está repleta de riqueza y desaire. Su trabajo crea metáforas para sentimientos íntimos de constricción, pero también para la anticipación de quedarnos colectivamente sin casa (eco: oikos).

 

 

Bruno Leitão 2019

 

 

 

[1]Homi K. Bhabha, The Location of Culture 1994